El año de la peste

En el año 1665 se producía la última gran epidemia de peste bubónica en Europa. Decenas de miles de muertos y un rastro de destrucción fueron las secuelas. Como recuerdo de aquello, Daniel Defoe nos dejó un libro, «El año de la peste», que nos permite conocer como vivió la población todos los hechos:

DANIEL DEFOE Y LA PLAGA DE londres

No es la primera vez que una enfermedad recorre silenciosamente el mundo, originándose en algún remoto lugar desde el que se expande lenta pero inexorablemente, como una mancha de aceite, provocando el caos y el terror a su paso, haciendo que la obra humana palidezca incapaz de contener fuerzas invisibles, de esto nos habla Daniel Defoe en “El año de la Peste”, donde reconstruye el transcurso de la última epidemia de peste bubónica en Inglaterra, año 1665. Publicado hace casi 300 años el escritor que dio vida a Robinson Crusoe, recogerá en este diario ficticio las experiencias reales de decenas de personas, en particular de varios médicos que vivieron aquel trágico año en que un inesperado mal paralizó a todo un país, recuerdos que a veces se parecen a los nuestros propios del tan extraño 2020.

El libro comienza con la llegada del mal, un viaje que es difícil saber dónde comienza, probablemente lo hace en Asia, y que continúa abatiéndose sobre las naciones europeas una tras otra.  A Londres llega procedente de Holanda con la que mantenia un intenso intercambio comercio.

Para hacernos una idea de la magnitud de la epidemia que va a desencadenarse, la última y más suave de las sucesivas olas de peste que se extendieron por Inglaterra, debemos tener en cuenta que la población de Londres, según la estimación de John Graunt algunos años antes de la pandemia, rondaba los 460.000 personas, y que el terrorífico asalto de la enfermedad se cobró la vida de 68.000, alrededor de un 15-10% de la población.

Recogida de muertos durante la Gran Peste de Londres. Foto: Wikipedia

A esta terrible mortandad Daniel Defoe le pone palabras, nos sorprende en sus testimonios al ofrecernos imágenes tan similares a las que hemos sido testigos, no cabe duda de que la letalidad nada tiene que ver y que los medios disponibles en aquel entonces estan a años luz de los actuales, pero ellos como nosotros también tuvieron que hacer frente a la realidad de una vida que debía ponerse en pausa, pararse en seco una vez campeara por las calles de la bulliciosa ciudad:

‘¡Señor! Cuán vacías están las calles y cuán melancólicas están’ 

Diario de Samuel Peppys, testigo de la pandemia.

La vida en tiempos de la peste

Cuando las noticias sobre muertos por la enfermedad comenzaron a llegar provenientes de los arrabales de Londres las familias aristocráticas y aquellos que disponían de una segunda vivienda abandonaron la ciudad, el resto intentó prepararse:

‘muchas familias, al prever la llegada de la peste, acopiaron reservas de provisiones suficientes para toda la familia, y se encerraron tan a cal y canto que no se les vio ni oyó hasta que la infección hubo cesado, momento en el que reaparecieron sanos y salvos’

Había que cambiar el modo de relacionarse, ser pulcros en extremo, y a falta de gel hidroalcohólico se usaba el vinagre.

‘en el mercado, no lo tomaba de manos del carnicero, sino que lo descolgaba él mismo de los ganchos. Por otra parte, el carnicero no tocaba el dinero, sino que lo hacía poner en un pote lleno de vinagre que tenía dispuesto para ese propósito. Los compradores llevaban siempre calderilla con el fin de poder juntar cualquier suma desigual, para no tener que recibir cambio’

Las calles londinenses siempre plagadas de inmundicia eran mantenidas en lo posible despejadas, rastrillando diariamente en un intento de mantener la desinfección.

Two men discovering a dead woman in the street during the Great Plague of London, 1665. Wellcome Collection.
Acabo por convertirse en habitual encontrar cadáveres abandonados a su suerte en las calles. Wellcome Collection.

Era necesario evitar las masificaciones, se acabaron las reuniones en público, la algarabía en los mercados, el ruido de las tabernas, a partir de las nueve la ciudad debía quedar en un estremecedor silencio:

Que se posterguen todos los festejos públicos, particularmente los de las compañías de esta villa, y las cenas en tabernas, cervecerías y otros lugares de esparcimiento público, hasta nuevo aviso y autorización; y que el dinero así ahorrado sea conservado y empleado en beneficio y auxilio de los pobres atacados por la enfermedad.

Que se reprima severamente todo exceso y desorden en las tabernas, cervecerías, cafés y bodegas, como pecado público de este tiempo y por ser mayor ocasión para diseminar la peste. Y que no se permita a grupo o persona alguna permanecer ni entrar en ninguna taberna, cervecería o café para beber después de las nueve en punto de la tarde, según la antigua ley y costumbre de esta ciudad, bajo las penas prescritas por la misma.

Con cuidado cada uno restringió sus contactos y mantuvo la distancia de quienes no fueran convivientes, incluso algunos comenzaron a hacer uso de mascarillas de tela que pudieran evitar respirar el aliento de quien pudiera estar enfermo:

ni permitieron que entrase en sus casas nadie que hubiese estado mezclado con el pueblo, ni que se les acercasen —al menos no hasta una distancia que los pusiese al alcance de su aliento o de cualquier hedor que pudiesen expeler—; y cuando se veían obligados a hablar a distancia con desconocidos, siempre llevaban preservativos en la boca y entre sus vestidos para repeler el contagio y mantenerlo alejado. Debe admitirse que cuando las gentes empezaron a utilizar estas precauciones estuvieron menos expuestas al peligro, y la peste ya no irrumpía en estas casas con la vehemencia con que lo había hecho anteriormente en otras; y así, se salvaron miles de familias (hablando con la debida reserva frente a los designios de la Divina Providencia) gracias a dichas medidas.

Sin duda la medida más impopular decretada, criticada por Defoe en múltiples ocasiones, fue el confinamiento domiciliario, que ya se había utilizado con anterioridad en la plaga de 1603, 

Tampoco cumplió su finalidad en lo más mínimo, y sólo sirvió para exasperar a las gentes y desesperarlas al extremo de hacer que forzaran la huida a toda costa. Y lo que era aún peor, los que así escapaban esparcían el contagio al vagar por todas partes en su desesperada situación y con la enfermedad sobre sí, mucho más de lo que lo hubieran hecho de otra manera. Pues quienquiera que analice todos los pormenores de tales casos ha de admitir, cosa que no podemos poner en duda, que la severidad de los confinamientos llevaba a mucha gente a un estado de desesperación tal que los hacía precipitarse fuera de sus casas exponiéndose a toda clase de riesgos, con las señas evidentes de la peste sobre sus cuerpos, sin saber adónde ir ni qué hacer; verdaderamente, sin saber qué se hacían; y muchos de los que así procedieron fueron arrastrados a sufrir horrorosas penurias y privaciones, y perecieron de simple inanición en las calles o en los campos, o fulminados por la violencia de la fiebre que los carcomía. Otros erraban por los campos, avanzando sin rumbo, guiados sólo por su desesperación, sin saber adónde iban ni adónde irían; hasta que, desfallecientes y agotados, sin recibir ayuda alguna, pues en los pueblos y las casas del camino se negaban a alojarlos estuvieran sanos o enfermos, perecían al borde de un camino o entraban en un pajar y morían allí, sin que nadie osara acercarse a auxiliarlos, aunque dijeran que no estaban contagiados, pues nadie les hubiera creído.

Cuando se detectaba a una persona enferma en un domicilio, todos los habitantes de la casa eran obligados a permanecer en el domicilio sin contacto con el exterior durante cuarenta días. En su puerta se colocaba a un vigilante durante la noche y otro durante el día, así como un candado que cerraba desde fuera la vivienda. Se recurría a las llamadas investigadoras, mujeres que atentas a lo que sucedía en el barrio, alcahuetas, ponían su escrupulosa y atenta mirada sobre los habitantes de la casa y se dedicaban a la delación.

Las familias se veían por completo privadas de su libertad, privadas totalmente de contacto con el exterior más allá de sus ventanas y del guardián que abría la vivienda apestada para dejar alimentos y líquidos.

Estos encierros se extendieron a aquellos que hubieran estado en contacto estrecho con los habitantes de esa casa o bien que estando cerrada hubieran penetrado en su interior.

Desde el principio de la epidemia se era consciente de que el gran vector de transmisión lo constituían aquellos que hoy día llamamos asintomáticos

‘eran aquéllas a las que las personas sanas hubieran debido temer; más, por otra parte, era imposible reconocerlas. Y ésta es la causa por la que es imposible evitar la propagación de la peste durante una epidemia, ni siquiera con el mayor celo humano; es decir, que es imposible distinguir a las personas sanas de las infectadas, ni hacer que estas últimas sepan que lo están.’

‘Cuando hablo de personas sanas, me refiero a las que habían sido contagiadas y llevaban la peste con ellos en la sangre, aun cuando su aspecto no acusase los síntomas de ello; es más, incluso cuando ellos mismos no tenían conciencia de estar contagiados, cosa que sucedió con muchos durante varios días. Éstos exhalaban la muerte en todo lugar, y sobre todos cuantos se les acercasen; sus mismas ropas albergaban el contagio, sus manos infectaban todo lo que tocaban, especialmente si eran calientes y sudorosas; y, por lo general, también eran propensos a sudar. Ahora bien, era imposible reconocer a estas personas, y algunas veces, como he dicho, ellas mismas no sabían que estaban contagiadas

muchas gentes llevaban la peste en su misma sangre, y en sus espíritus; y que no eran, en sí mismos, más que carroña ambulante cuya respiración era letal y cuya transpiración era veneno; y cuyo aspecto era, sin embargo, el mismo que el de las demás personas, y ni siquiera ellos mismos lo sabían; digo, que admitieron esto como un hecho cierto, pero que no sabían cómo llegar a evidenciarlo.’

Poco se podía hacer en aquella época, sin pruebas inmunológicas o test PCR para detectar al enfermo que por fortuna no mostraba síntomas de la enfermedad pero que era desgraciadamente un transmisor.

Las ratas fueron junto con las personas el gran vector de esta enfermedad. Ilustración de Elizabeth Brockway/The Daily Beast/Getty/Public Domain
Las ratas fueron junto con las personas el gran vector de esta enfermedad. Ilustración de Elizabeth Brockway/The Daily Beast/Getty/Public Domain

Por último, Defoe nos explica como el cierre de las actividades y la huida de sus habitantes más potentados trajo una ola de miseria y pobreza sin precedentes a la ciudad.

‘Todos los artesanos de la ciudad, mercaderes y mecánicos estaban, como he dicho antes, sin trabajo; eso originó el despido de innumerables jornaleros y obreros de todas clases, pues en tales actividades no se hacía más que lo absolutamente indispensable. Esto fue la causa de que multitud de personas solas en Londres quedasen en la indigencia, así como aquellas familias cuya subsistencia dependía del trabajo del cabeza de familia; esto, como digo, los sumió en la mayor miseria; y debo reconocer, en honor de la población de la ciudad de Londres, honor que perdurará durante muchas generaciones, mientras estos hechos sean recordados, que supieron proveer, con su caritativa ayuda, a las necesidades de tantos miles de pobres que estaban en la miseria y que habían caído enfermos; de modo que bien se puede afirmar con toda certeza que nadie pereció de privación, al menos nadie de cuya situación los magistrados tuviesen noticia.

Superado el pico de la epidemia se apoderó de ciertas personas una necesidad de recuperar cuanto antes el tiempo perdido, de todas esas restricciones y penalidades:

‘Adquirieron un valor tan temerario y se volvieron tan descuidados de sí mismos y del peligro de contagio, que tenían a la peste en menos que a una fiebre corriente. No sólo se reunían alegremente con quienes tenían tumores y carbuncos que estaban supurando, y que por consiguiente, eran contagiosos, sino que hasta comían y bebían con ellos, y hasta iban a sus casas para visitarlos, y aún entraban en las mismísimas alcobas en las que yacían enfermos. Según mi punto de vista esto era irracional.’

Muchos trataron de engañarse a sí mismos y los demás para poder vivir como acostumbraban, negando la propia epidemia o aspectos básicos de su transmisión

‘Esto hizo revivir la antigua idea de que la infección estaba en el aire y que no era verdad que los enfermos contagiasen a las personas sanas, y esta ridiculez estaba tan arraigada en la mente del pueblo que la gente se reunía promiscuamente, los sanos con los enfermos.’

A pesar de que la ciencia en aquel tiempo fuera consciente de que se trataba la peste:

‘La calamidad se propagaba por contagio; es decir, por ciertas corrientes o emanaciones que los médicos llaman efluvios, por la respiración o la transpiración, o bien por el hedor de las pertenencias de las personas enfermas, o bien por algún otro medio que quizá estuviese incluso fuera del alcance de los médicos mismos, efluvios que afectaban a los sanos que se aproximaban demasiado a los enfermos, penetrando inmediatamente en las partes vitales de dichas personas sanas, poniendo acto seguido su sangre en fermentación y agitando sus espíritus hasta el grado en que se comprobó que estaban agitados; y así, estas personas recién contagiadas transmitían el mal a otros de igual manera.’

Muchos preferían negar todo esto, pensar que era fruto de la predestinación, no de algo controlable por el hombre, y que más valía resignarse y seguir llevando la vida de siempre que tomar ninguna medida que en su opinión de nada servía.

Las palabras de Defoe se atragantan a uno cuando las lee, y se siente agradecido de que la letalidad del desastre y los medios disponibles para paliarlo hayan evitado la proliferación de fosas comunes en la periferia de las ciudades, los cadáveres acumulándose en las aceras esperando que pase algún carro que no esté lleno de cuerpos para ser retirados. En 1979 el director mejicano Felipe Cazals rescató para el cine esta historia atrayéndola al México de los años 70 en cuya versión se incide en como los medios de comunicación y las autoridades niegan la inminencia de este mal hasta que es demasiado tarde.

Al testimonio de “El Año de la peste” podemos sumar el de los diarios del médico Samuel Peppys, que, sí fue testigo directo, o la novela que publicó Alessandro Manzoni Los Esposos en la que encontramos una extraordinaria descripción de la peste milanesa. Igual de tétrico y perturbador es el relato de Camus sobre la peste de Cólera que sufrió la ciudad de Orán en 1849 que relata en su libro “La peste”. Y así podríamos encontrar muchas obras sobre un fenómeno que más allá de la muerte, trae la pobreza, el hambre y una extraordinaria falta de libertad muy difícil de entender por quien vive esos momentos, obligado a poner en pausa su presente para que su entorno pueda tener algún futuro.

Etiquetas: peste bubónica, Gran Epidemia de Peste, 1665, Londres, epidemias, Edad Moderna

4 comentarios

  1. Muy buen articulo.Podemos ver claramente cómo los miedos humanos y sus soluciones no han variado en muchos aspectos. Algunos párrafos parece que sean extraídos de artículos de períodico del último año.

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