Los gabinetes de curiosidades, lugares misteriosos para monarcas coleccionistas

Los gabinetes de curiosidades, cuartos de maravillas o Wunderkammer, eran colecciones de objetos fascinantes por su rareza, antigüedad, belleza o valor. Los privilegiados coleccionistas se retiraban a ellas a contemplar sus preciados objetos en un intento de escudriñar los misterios del universo. 

Tiempo de lectura: 10 minutos

Durante el Renacimiento y en pleno apogeo humanista comienzan a proliferar en Europa los cuartos de maravillas o gabinetes de curiosidades, también conocidos como Wunderkammer. Los nuevos descubrimientos, las recientes fronteras que se abren a través de los viajes de españoles y portugueses, el incipiente colonialismo, el desarrollo científico y comercial… influirán en la mentalidad de la época, alentando una renovada curiosidad por la complejidad de la creación que emerge desde el corazón del espiritual recogimiento anterior.

Mientras que las colecciones medievales ensalzaban la idea de “tesoro” a modo de depósito de poder económico pero también religioso y mágico, los gabinetes de curiosidades pretendieron ser una suerte de microcosmos que resumiera el conocimiento que hasta entonces se tenía del universo, a modo de precuela de la Encyclopédie de la Ilustración. Lo estético, histórico, exótico y comercial priman ahora sobre lo simbólico y lo sacro, como una prueba más del salto humanista del teo al antropocentrismo. 

Microcosmos
Microcosmos. Foto: https://www.arsgravis.com/

Los gabinetes de curiosidades surgen así como un deseo y una necesidad de explorar y descubrir tanto el mundo físico como el intelectual. Son auténticos “Libros de Viajes vivientes” que dirigen la atención del espectador hacia los confines de lo conocido, buscando el sobrecogimiento y el asombro ante la maravilla. Platón había considerado al asombro como antesala del conocimiento, y ese asombro platónico como apertura hacia el saber, reside precisamente en la base de estas colecciones. Los conjuntos de objetos presentados casi al azar no responden sin embargo a una mera afición, sino a un auténtico deseo de vincularse con la creación divina, en la que estos microcosmos se presentaban como una demiúrgica versión comprimida. Las repertorios no solo eran una señal de buen gusto y prestigio, sino de dominio sobre el mundo natural y humano, y una metáfora del saber manierista y la vida intelectual de la Europa del momento.  

Gabinete-de-curiosidades
Gabinete de curiosidades. Foto: Cameralook

Los gabinetes de curiosidades o cuartos de maravillas, constituían un puente entre lo natural y lo artificial. Sus objetos no presentaban una clara línea divisoria entre arte, técnica y naturaleza, pero respondían habitualmente a una clasificación básica: 

Naturalia: donde se recogían diversos objetos naturales y curiosidades teratológicas.

Artificialia: obras de arte, antigüedades, artilugios fabricados y/o modificados por la mano del hombre.

Exótica: plantas, animales, piedras y demás especímenes exóticos.

Scientifica: instrumentos o avances tecnológicos creados por el hombre para intentar dominar a la naturaleza.

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Gabinete de curiosidades o cuarto de maravillas. Foto: http://www.wikipedia.org

La Wunderkammer o gabinete de curiosidades más famosa del 600 fue la recopilada por el jesuita Athanasius Kircher, cuyo enfoque racionalista supuso un precedente de las futuras colecciones científicas de la Edad Moderna. Su Theatrum Mundi, ubicado en las instalaciones del Colegio Romano, se enriqueció con artefactos de gran valor etno-antropológico. Contaba con hallazgos arqueológicos, mapas topográficos, instrumentos musicales e incluso una colección de conchas que inspirará al mismo Borromini en la creación de la cúpula de Sant’Ivo alla Sapienza. Además incluía máquinas, autómatas y diversos experimentos del propio autor en materia de óptica, química, magnetismo o acústica, en un intento de “espectacularizar” los avances tecnológicos. 

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Cúpula de Sant’Ivo alla Sapienza, Borromini. Foto:  https://viajarconelarte.blogspot.com/

Pero a la vez que el contenido kircheriano evidenciaba el devenir del conocimiento, trazaba una línea entre el vulgo y la clase dominante. Quien era capaz de entender el funcionamiento de estos artilugios se desmarcaba de la plebe ignorante y pasaba a formar parte de la élite culta e intelectual. 

Pronto el museo de Athanasius Kircher se convirtió en objetivo de eruditos, gobernantes y viajeros del Grand Tour. Tras la muerte del jesuita, Filippo Buonanni se convertiría en curador del museo, y en 1709 publicaría un catálogo profusamente ilustrado de las colecciones.

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Retrato de Athanasius Kircher. Foto: http://www.wikipedia.org

A Ulisse Aldrovandi debemos otra importante aportación dentro del mundo de las curiosidades y las maravillas. El célebre boloñés, uno de los naturalistas más reconocido del s. XVI, se dedicó a lo largo de casi 60 años a coleccionar grabados, xilografías, manuscritos, pinturas y cerca de 18000 especímenes de la diversità di cose naturali. Su personal gabinete albergó su labor experimental y descriptiva, y es allí donde gestó sus obras, la mayor parte publicadas a título póstumo. Entre ellas y por sus fascinantes ilustraciones  destaca la Monstrorum Historia, a medio camino entre los bestiarios medievales y los modernos tratados de teratología. Su autor incluyó deformidades reales y auténticas quimeras, influyendo profundamente en la concepción posterior de lo extraño, lo defectuoso o lo deforme. Una obra que a día de hoy sigue resultando tremendamente perturbadora.

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Ilustraciones de Ulisse Aldrovandi. Foto: https://www.cvltnation.com/

El Studiolo de Francesco I de Medici -con quien Aldrovandi mantenía correspondencia- diseñado y ejecutado por Borghini y Vasari, constituye otra muestra evidente de la creación de estos microcosmos caleidoscópicos ideados sobre la base de la mitología y la alquimia. Su disposición mantenía una estrecha relación entre divinidades y objetos, en la que cada dios se colocaba sobre su nicho correspondiente. Así por ejemplo mientras Vulcano presidía los minerales duros que debían trabajarse con fuego, a Apolo se le reservaba el lapislázuli y aquellos artículos relacionados con la medicina como hierbas, cuernos o huesos.

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Studiolo Francesco I. Créditos fotografía:  Wikimedia Commons

Pero si hay dos colecciones especialmente destacables por su originalidad, complejidad y profundidad mistérica son la de Rodolfo II en Praga y la de Fernando II en el Castillo de Ambras, en Innsbruck. 

Rodolfo, el emperador alquimista, a diferencia de la mayor parte de los poseedores de estos cuartos, mantenía con cierto recelo su colección y sólo unos pocos elegidos podían tener el lujo de acceder a la “Cámara de las Maravillas”. Inspirado en los tesoros artísticos de Carlos V y Felipe II, con quien se había educado en la corte española, la Wunderkammer de Hradschin estaba compuesta de cuatro estancias abovedadas en las que solo entraba la luz cuando el emperador accedía a ellas. En las salas se acumulaban todo tipo de artefactos relacionados con la magia y la adivinación, curiosidades teratológicas, joyas de incalculable valor, mandrágoras, bezoares, extraños artilugios que perseguían el movimiento perpetuo, esculturas, bronces, pinturas de Tiziano, Rafael, Durero o Arcimboldo. En las obras de este último -artista preferido del monarca- parecía reflejarse a la perfección las creencias metafísicas del soberano, en las que se intuía la presencia de una unidad que a modo de un flujo energético interpenetraba el universo, fusionando hombre y naturaleza. Al mismo tiempo, las pinturas evidenciaban el gusto del rey por los autómatas y los títeres mecánicos a través de sus bizarras composiciones vegetales.

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Retrato de Rodolfo II en traje de Vertumno. Arcimboldo 1590. Foto: http://www.wikipedia.org

Otro Habsburgo, en este caso el Archiduque Fernando II del Tirol, tío del propio Rodolfo, reunió en Ambras una de las colecciones más interesantes del momento. En torno al complejo Ferdinandeum, desplegó su Teatro Mundi en el que no solo llegó a crear una de las bibliotecas más importantes de su tiempo con cerca de 4000 ejemplares encuadernados en piel, sino toda una impresionante colección de objetos que dividió con esmero en 16 grandes armarios de madera noble con cajas diferenciadas por colores según el contenido que albergaban. 

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Pero sin duda la mayor aportación del Ferdinandeum fue su particular pinacoteca, que con toda seguridad hubiera hecho las delicias del cineasta Tod Browning. El repertorio acoge un impresionante conjunto pictórico en el que podemos encontrar desde las efigies de la familia de Petrus Gonsalvus, afectada de una patológica condición denominada hirsutismo – estudiada igualmente por el mencionado Aldrovandi- que los hacía pasar por auténticos hombres lobo; hasta el retrato de un hombre con una singular discapacidad de extremidades inviables que aparecía cubierto originalmente por una lámina de papel oscuro que al ir levantándose revelaba poco a poco gli scherzi della natura. 

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Hombre con deformidades. Foto: http://www.wikipedia.org

La armadura de 2,60 metros del gigante Bartlmä Bon o el retrato del húsar húngaro Gregor Baci completan la galería de los horrores de Ambras. Este último, particularmente interesante, fue objeto de estudio del Departamento de Radiología de la Universidad de Innsbruck, que llevó a cabo toda una serie de investigaciones para demostrar que se podía sobrevivir a una herida de semejante envergadura como la que presentaba el desafortunado caballero: una lanza que atravesó su cráneo desde el ojo derecho hasta la nuca, fruto de un nefasto accidente durante un torneo.

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Retrato del húsar Gregor Baci. Foto:wikipedia.org

Junto a la sección de monstruosidades digna de un espectáculo de Barnum se exhibe todavía hoy a modo de macabra reliquia el impertérrito y desafiante retrato de Vlad III Tepes, voivoda de Valaquia, cuyo destino final no está exento de sorpresas, como la esencia de la Wunderkammer en sí misma. Pero eso ya es otra historia…

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Retrato de Vlad III Tepes. Foto: https://www.tourispo.com/

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