Howard Carter y el descubrimiento de la tumba de Tutankamón

El 4 de noviembre de 1922, Howard Carter, notó algo extraño en el ambiente cuando llegó a la excavación que dirigía en el Valle de los Reyes de Egipto. Nadie se esperaba lo que iban a encontrar. Tras siglos cerrada, la tumba del joven faraón Tutankamon se les apareció llena de «cosas maravillosas»

Tiempo de lectura: 5 minutos

El 4 de noviembre de 1922 Howard Carter llegó como cada día a la zona de trabajo de la excavación arqueológica que llevaban a cabo él y su mecenas, Lord Carnarvon, en el Valle de los Reyes. En cuanto llegó, encontró algo extraño en el ambiente… un estrepitoso silencio que sólo podía augurar la consecución de aquello que se les había estado escapando durante tanto tiempo. Los trabajadores habían dado con el primer escalón de un acceso que llevaría, no sólo al descubrimiento de la tumba de Tutankhamón, sino también al mayor descubrimiento de la Egiptología hasta la fecha. 

Howar-Carter
Howar Carter. Foto: http://www.wikipedia.org

Carter y Carnarvon consiguieron la concesión para excavar en el Valle de los Reyes en 1914 después que el abogado Theodore Davis, quien había detentado los permisos hasta entonces, renunció a ellos, al considerar que “el Valle estaba agotado”. Se equivocaba. Por diferentes indicios, Carter estaba firmemente convencido de que faltaba por descubrir la tumba de un faraón hasta entonces desconocido, del cual únicamente se había encontrado algún detalle. Como el propio arqueólogo declararía más adelante, una vez descubierta su tumba: “De Tutankhamón sólo sabemos que murió y fue enterrado”. Lo curioso es que precisamente el sitio donde empezaron a trabajar sería el mismo donde ocho años más tarde apareció el primer escalón que llevaba a la tumba. En aquel primer momento decidieron dejar la zona, ya que aparecieron unas antiguas cabañas que no quisieron desmantelar, además de que los trabajos obstaculizarían el acceso a la cercana tumba de Ramsés V/VI, una de las más visitadas. Así que se llevaron los bártulos a otra parte, y así estuvieron, vagando por el Valle durante ocho años (incluído un parón en los trabajos, debido a la II Guerra Mundial). 

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De izq. a dcha.: Lord Carnarvon, su hija Lady Evelyn y Howard Carter. Foto: Harry Burton, de dominio público a través de Wikimedia Commons

A punto de iniciar la campaña de 1922, Lord Carnarvon decidió que ya había gastado demasiado dinero en una tarea que hasta entonces había resultado totalmente infructuosa. Cuando comunicó a Howard Carter su decisión de no continuar, éste le lanzó un órdago: continuarían durante una campaña más, sólo una, y los gastos correrían por cuenta de Carter, aunque los honores como mecenas seguirían siendo para Carnarvon. Suponemos que al flemático lord inglés debió sorprenderle tal arranque de pasión, así que decidió concederle un año más; y los gastos, por supuesto, seguirían a cargo de su fortuna personal. 

Carter decidió volver al primer sitio donde empezaron a excavar. Desmantelaron las cabañas, que luego resultaron ser el antiguo cobijo para los trabajadores de la tumba de Ramsés V/VI. Esas construcciones, precisamente, habían escondido durante siglos cualquier indicio de que bajo ellas se encontraba el acceso a otra tumba real. Una vez desmanteladas, el primer escalón no tardó en aparecer. El resto es Historia. 

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Carter y colaboradores extrayendo materiales de la tumba. Foto: https://elretohistorico.com/tutankhamon-carter/

Aún tuvieron que pasar varios días para poder entrar en la tumba, ya que Lord Carnarvon se encontraba en ese momento en Londres. Mientras esperaban su regreso, los escalones fueron cubiertos de nuevo con arena; parecía que no había pasado nada. Cuando por fin pudieron proseguir con los trabajos, aparecieron los restos de algún boquete hecho presumiblemente por antiguos ladrones de tumbas, lo que les hizo pensar que en el mejor de los casos se encontrarían con una tumba ya saqueada. Al final del corredor de acceso, una vez totalmente desescombrado, se encontraron con un muro que les cerraba el paso; Carter hizo un agujero en él, acercó un quinqué para que le iluminara, y se quedó mudo. Carnarvon, tras él, le preguntó expectante: ¿Ve algo? Y Carter contestó: Sí, cosas maravillosas. 

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Antecámara de la tumba de Tutankhamón. Foto: Harry Burton, de dominio público a través de Wikimedia Commons

Esas cosas maravillosas forman parte de uno de los ajuares funerarios más impresionantes jamás encontrados. No sólo las joyas, que siempre es lo que más llama la atención, sino multitud de objetos varios, muebles, ropas, enseres, herramientas, maquetas, ushebtis, esculturas, cajas, cestas… que aportaron un conocimiento valiosísimo para comprender la cultura del Antiguo Egipto. Muchas veces, los objetos con mayor valor económico no son los más valiosos a nivel documental… 

El vaciado de la tumba comportó diversos problemas en cuanto a la conservación de los objetos. Estaban todos tan amontonados y desordenados (seguramente por los ladrones que ya habrían entrado, sabemos que al menos en dos ocasiones) como un inmenso juego de Mikado; había que sacar cada pieza con sumo cuidado para que no afectara a las otras con las que estaba en contacto, además de intentar conseguir que no se desintegrara en las manos… Cada objeto requería una atención especial y una actuación muy concreta. 

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Howard Carter limpiando uno de los ataúdes de Tutankhamón. Foto: Harry Burton, de dominio público a través de Wikimedia Commons 

Hemos de agradecer a Howard Carter el gran trabajo que hizo de documentación: cada objeto era fotografiado in situ, contextualizándolo perfectamente; después era fotografiado individualmente, y dibujado en una ficha que incluía todos los datos posibles. La tumba tardó años en vaciarse. Incluso durante un tiempo se suspendieron los trabajos, debido a un enfado de Carter con el Servicio de Antigüedades. El arqueólogo no era precisamente una persona de fácil trato, pero también es cierto que lo único que quería era que le dejaran trabajar tranquilo, teniendo en cuenta la gran responsabilidad que recaía sobre él, de la cual era sumamente consciente. 

La tumba de Tutankhamón no estaba hecha para un faraón. Su tamaño, muy pequeño para pertenecer a un rey, se entiende cuando sabemos que este faraón murió muy joven (18-19 años), así que seguramente debieron aprovechar algún espacio ya excavado.  La riqueza de su ajuar, el único regio que se ha encontrado en Egipto, inevitablemente nos hace pensar como hubiera sido el de grandes faraones como Tutmés III, Amenhotep III o Ramsés II… Nunca lo sabremos, pero afortunadamente el descubrimiento de Carter y Carnarvon nos permite poder imaginarlo. 

Este artículo está realizado y cedido por nuestras amigas de http://www.antiquitas.es como parte de nuestra colaboración

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