El bosque sagrado de los monstruos de Bomarzo en Italia

En el corazón del Lazio encontramos uno de los más fascinantes y quizá desconocidos jardines no solo de Italia, sino probablemente de toda Europa. Un complejo de naturaleza y arquitectura manierista donde arte y misterio se dan la mano para conducirnos por un sendero iniciático.

Tiempo de lectura: 10 minutos

Hace poco leí que Bomarzo era en palabras de Baudelaire “el astro que declina” del Renacimiento, y es que el parque de los monstruos supone un eslabón entre el orden, la armonía, el equilibrio y la serenidad renacentistas, y la inestabilidad, la contradicción y el desafío que implica la llegada del barroco. 

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Esculturas de Bomarzo. Foto: National Geographic

El parque de Bomarzo fluctúa en la cuerda floja del manierismo. Como movimiento de transición, supera las premisas del humanismo idealizado renacentista -donde el hombre es el centro y la criatura más importante de la creación- para preparar el camino de la angustia existencial barroca, la cual recupera de nuevo la idea medieval de la brevedad de la vida y la caducidad de las cosas. Y es precisamente en este periodo de transición donde nos vamos a encontrar con el repunte de lo inaudito, lo extravagante y lo equívoco que van a caracterizar a la estética de Bomarzo. 

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Esculturas de Bomarzo. Foto: National Geographic

El parque de los monstruos o Sacro Bosco di Bomarzo, situado en Viterbo, se atribuye a Pirro Ligorio, arquitecto y anticuario napolitano, quien lo ideó a instancias de Pier Francesco Orsini. Orsini erudito y condottiero al servicio de Paolo IV,  ordenó contruir el extraño jardín tras la muerte de su esposa Giulia Farnese. Las obras se iniciaron en 1547 y fnalizaron hacia 1580. Ligorio proyectó un “bosque sagrado»que atendía a cuestiones mitológicas, filosóficas e iniciáticas, y que iba mucho más allá del capricho de un noble excéntrico.

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Retrato de Pirro Ligorio. Foto: Musei Italiani.

El parque de los monstruos es un auténtico libro en piedra en el que a través de una serie de senderos y esculturas se apela a la inteligencia del visitante. Se le invita a desentrañar los misterios que oculta el bosque, un universo que parece más propio del sueño que de la realidad. 

Los bosques gozaban de una amplia trayectoria literaria, a su vez fuente de inspiración para el parque. Son el punto de partida del camino iniciático de Dante o de Polífilo, y se asocian con la Arcadia virgiliana y el paraíso bucólico y pastoril de la literatura de Sannazaro. El recurso del sueño era igualmente conocido en la literatura como una vía para acceder a dimensiones vetadas al hombre durante la vigilia, un instrumento facilitador del contacto con lo divino. 

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Hypnerotomachia Poliphili de Francesco Colonna. Foto: Wikimedia Commons

Pero las intenciones de Vicino y Ligorio no eran las de materializar un locus amoenus literario sino de evidenciar su dualidad, acompañándolo de una visión complementaria. Bomarzo es también un locus terribilis, un lugar donde revivir no sólo los sueños, sino también las pesadillas. Esa dualidad es propia de muchas obras manieristas que parecen sospesi fra due mondi es decir, a medio camino entre dos mundos.

La vía de Bomarzo se ha interpretado en muchas ocasiones como “el destino del ser humano”. Es el lugar de la prueba, donde l’orrido si muta in sacro dopo averla superato. Y es que el bosque en el que aparecen los monstruos, es también un lugar sagrado. Ellos evidencian lo numinoso, la manifestación de lo divino. Son una señal, de ahí que los encontremos casi siempre como los guardianes del tesoro y la recompensa, sea material, redentora, heroica o amorosa.

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Esculturas de Bomarzo. Foto: En el campo de lavanda

Las inscripciones que acompañan al visitante que osa penetrar en los misterios de Bomarzo le ponen en antecedentes de los prodigios que va a contemplar. Son signos de otros mundos ultraterrenales, donde lo maravilloso se entremezcla con lo terrible.

El ingreso al bosque, actualmente alterado, se iniciaba en el noroeste a través del paso por la Casa pendente, en cuyos muros alentadoras sentencias como:

«Para que el alma gane prudencia hay que buscar tranquilidad» 

» Intenta tranquilizarte en esta morada, entra, !a ver si encuentras la paz!»

Ponían a prueba al viajero ya desde un primer momento: incitándole a continuar su aventura y a hacer frente a su propio caos interno, o causándole desorientación y locura. 

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La casa pendente. Foto: La mirada Displicente

Es necesario en este punto mencionar las referencias veladas a los elementos de la naturaleza que encontraremos a lo largo de todo el bosque, símbolos de la cercanía de Vicino con el mundo alquímico y filosófico, y que, concretamente en la torre, desvelan la vitalidad de la tierra y sus fenómenos: las erupciones volcánicas, los terremotos… señales de la expresión de la misma, entendida como un gran organismo viviente.

Las esculturas monstruosas que a partir de entonces salpican el itinerario, han de interpretarse en el sentido latino del verbo monstrare porque su contemplación nos obliga a reflexionar sobre el auténtico significado del mensaje que ocultan.

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Esculturas de Bomarzo. Créditos fotografía: Viajes National Geographic

Las esfinges que aguardan al ingreso –estranguladoras etimológicamente hablando- proponen un combate, una suerte de duelo de intelectos, avisando además de la necesidad de penetrar con le ciglia inarcate e le labbra strette, ésto es, con la concentración y el silencio que se exigen al iniciado. También advierten del destino reservado a quien sea incapaz de desentrañar el enigma: la muerte. 

La gigantesca tortuga coronada por una probable fama alada, invita al visitante a «apresurarse despacio», el Festina Lente renacentista: reflexionar con calma pero actuar deprisa. Más su lentitud, evidencia también el paso gradual aunque inexorable hacia el fin, y la trompeta de la fama actúa como agorera del final de los tiempos.

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Esculturas de Bomarzo. Foto: Port Mobility Civitavecchia

Asociado a este conjunto aparece el monstruo marino, el gran cetáceo que parece emerger de las  profundidades oceánicas recordando la prueba de la introspección, el VITRIOL alquímico y la transformación entre las fauces del pez. Y es que a lo largo del bosque encontraremos numerosas alusiones al principio de superación de la muerte. También como parte integrante del conjunto, Pegaso, animal psicopompo en el Polífilo, se dispone a elevarse hacia el Empíreo, conduciendo a las almas transformadas.

Aproximadamente siete metros (número evidentemente no casual) por debajo de la esplanada principal, el hombre comienza su descenso ad inferos. Cerbero, el cánido trifauce guardian del Averno, protector del umbral por excelencia, flanquea la primera figura femenina colosal, Perséfone, señora del inframundo. Y siempre ligada a estas connotaciones «proserpínicas», encontramos la sirena bífida, portadora de esperanza. Junto a los leones que le acompañan, representa la fértil tierra irrigada por las aguas y templada por el sol que atesora la potencialidad del renacimiento.

Esculturas de Bomarzo. Foto: Port Mobility Civitavecchia

Esta mítica figura psicopompa nos hace navegar hasta la escultura más emblemática del bosque, la boca del orco. Ogni pensiero vola -o quizá Lasciate ogni pensiero voi che entrate– corona el ingreso a la gruta. Pero la terrible advertencia dantesca ha de entenderse como una renuncia a la realidad racional a la cual se asocian los pensamientos. De nuevo, el ingreso en las fauces de la bestia, retoma la idea platónica del hombre como prisionero en la cueva, de espaldas a la luz, para quien la auténtica realidad de todo cuanto existe, es desconocida. Regresar al estado de piedra, como asegura Kretzulesco-Quaranta, supone volver a un estado precedente, a un estado de la materia anterior al de la vida.

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Esculturas de Bomarzo. Foto: Port Mobility Civitavecchia

Harpías, leones, gigantes, dioses, extrañas inscripciones… continúan jalonando nuestros pasos y completando el sendero del adepto. Cada uno de ellos guardián de una etapa, de un conocimiento, de una prueba. 

Es evidente en nuestro recorrido, que nada podría encajar en el puzzle iniciático de Bomarzo sin refererirse a lo inmediatamente anterior o posterior. El bosque se presenta como un fotograma cuyo sentido sólo se adquiere en relación a cuanto le precede o le sigue. Estas esculturas, «objetos enigmáticos» empleando la definición de Rudolf Otto, despiertan en el espectador un sentimiento de fascinación, pero también de temor ante un mundo que se le antoja extraño y que es característico de lo sagrado.

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Esculturas de Bomarzo. Créditos fotografía: Viajar

El encuentro con lo numinoso que proponen las criaturas de Orsini y Ligorio, es estremecimiento al mismo tiempo que apertura hacia una realidad que, si bien sobrepasa al hombre y no permite expresarse a través de la palabra, adquiere un matiz de revelación simbólica. 

La equívoca naturaleza de la realidad numinosa, según Otto, se manifiesta en el silencio -del bosque o de la soledad imprescindible para adentrarse en el camino que conduce a la renovación- que a su vez procurará el tremendum, ese temor que se desata en el hombre ante la presencia de una fuerza poderosa, terrible, inexplicable, implacable… pero que acaba tornándose en respeto reverencial ante lo inefable y en acceso al conocimiento velado.

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Rudolf Otto. Foto: Arsgravis

Si bien para el curioso visitante de nuestra época Bomarzo ha perdido gran parte de su fascinans amedrentadora, debemos hacer un ejercicio retrospectivo y ponernos en el lugar de la mentalidad con la que se vivió la aventura de autoconocimiento que proponía el bosque sagrado en su momento. 

Lo que hoy se vive como ritualística especulativa en el acceso hacia ese conocimiento velado, era experimentado como un auténtico episodio transmutador entre los recovecos claroscuros del jardín viterbés, en el que de la mano de horribles criaturas se recorría el camino que conducía a la revelación de la naturaleza sombría de la divinidad y con ello, a la revelación de lo divino encerrado en la sombría naturaleza de lo humano.

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