La Batalla del Ebro y su contexto internacional

Las causas que provocaron la Batalla del Ebro fueron más políticas que  militares. Se trataba por parte republicana de una demostración de  prestigio, de mostrar que aún tenía capacidad de resistencia e iniciativa,  consiguiendo con ello que la guerra se alargase y quedara inmersa en el  estallido del inminente conflicto europeo, en el que España sería un frente  más. La batalla sí fue larga, pero el contexto internacional cambió con los  Pactos de Munich. La República había utilizado su última carta, no pudiendo recuperarse de las pérdidas del Ebro y no teniendo esperanza en  una futura guerra en Europa tras Munich. Las posturas ante la Guerra Civil  eran diferentes: Alemania e Italia deseaban un rápido final; Franco y Negrín preferían alargarla por intereses opuestos y Gran Bretaña y Francia  mantenían una política de apaciguamiento que el tiempo demostró que no  daría resultado.  

  

La guerra civil española era un acontecimiento internacional de primer orden  como es bien sabido. La implicación internacional de unas potencias y la no  implicación de otras al fin y al cabo podía tenir el mismo valor en el contexto mundial, el Gran Juego, ahora trasladado a Europa en el que la diplomacia de la  cancillerías movía sus fichas en un sentido u otro conforme los intereses  pudiesen variar. Nada nuevo bajo el sol. Además, la lógica militar podía no  imponerse en beneficio de intereses políticos, como así fue, y que Franco supo  usar, muchas veces, ante la incomprensión de su círculo más próximo. Que la  guerra podría haberse acortado en unos meses por lo menos, está aceptado  mayoritariamente en la actualidad. Explicaremos las fichas y el tablero, español  e internacional en el que se fraguó y desarrolló la más cruenta de las batallas de  la Guerra Civil de 1936 a 1939, y tratar de comprender el porqué, ayudados por  la perspectiva histórica, de los sucesos acontecidos, de una batalla que agotó en  todos los sentidos a la República. 

La situación en la primavera-verano de 1938 en el frente del este y levantino, no  era favorable a la República en absoluto. Las tropas de Franco habían llegado  al Mediterráneo por Vinaroz, dejando aislada Cataluña del resto de la zonas  republicanas. Y es aquí, en abril de 1938, cuando se produce un hecho  sorprendente en sí mismo, que debe ser explicado. La lógica decisión del bando  nacionalista hubiera sido atacar en ese momento a Cataluña, que se hallaba muy  desprotegida. Pero ante la extrañeza tanto del mando republicano como del  mando nacionalista, Franco prefirió atacar en dirección a Valencia por una zona  geográficamente difícil, el Maestrazgo. La caída de Cataluña hubiese dejado la  República aislada por vía terrestre con Francia, y perdido toda la industria  catalana. La preferencia de Franco de atacar en dirección a Valencia significó el  inicio de la planificación de la batalla del Ebro. 

Franco durante la Batalla del Ebro. Fuente: Historia hoy

La explicación de esta decisión del mando nacionalista puede tener dos motivos estratégicos. El primero sería más general, y es que Franco no solo pretendía ganar la guerra, sino también la construcción de un nuevo estado, con lo que  una victoria militar demasiado rápida no le convenía a sus objetivos políticos. En palabras de Dionisio Ridruejo, .”…una guerra larga significa la victoria total.  Franco eligió la opción más cruel, que en su punto de vista, también era la más  efectiva.” 

O como indica Paul Preston, que en marzo de 1938 “…parece que el  Generalísimo no era partidario de atacar Cataluña porque un repentino desplome  republicano ocasionado por la pérdida de Barcelona aún dejaría un número  sustancial de republicanos armados en la España central y meridional.  Asimismo, un rápido desmoronamiento como resultado de la victoria en Madrid  habría dejado intactas numerosas fuerzas republicanas en Cataluña y en el  sureste. El propósito de Franco seguía siendo la aniquilación total de la  República y sus partidarios”. 

Ello se explica por la voluntad de Franco de conseguir una victoria incontestable  e innegociable, y en la que la propia guerra produjera una depuración, sirviendo  su mayor duración a este fin. En diversas ocasiones, alemanes e italianos  mostraron extrañeza ante decisiones estratégicas del Generalísimo. 

El segundo motivo es de índole internacional al limitar Cataluña con Francia, y  ésta no ver bien una nueva frontera con otro país fascista, el tercero después de  Italia y Alemania, sintiéndose amenazada. Hasta abril de 1938 el gobierno  francés del Frente Popular estuvo presidido por León Blum. Al inicio de la guerra,  la República le había solicitado ayuda, a la que se mostraba dispuesto, pero la  oposición de Gran Bretaña fue determinante, incluso amenazando a Francia con  no ayudarla en caso de conflicto con Alemania e Italia, creándose en este  contexto el Comité de No Intervención.  

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La Francia de Blum, a pesar de todo, mantuvo abiertas las fronteras a material  militar esporádicamente en ayuda a la República. Y, como no podría ser de otra  manera, Francia tenía planes, no ajenos al conocimiento de Franco, de una  posible intervención en Cataluña de entre 3 y 5 divisiones y hasta 500 aviones,  para la formación de un “tapón. Así las cosas, un posible contacto de tropas  francesas y franquistas en territorio catalán podría desencadenar una serie de  acontecimientos en cadena no deseados por nadie en ese momento. Italia y  Alemania se verían comprometidas en sus ayudas, al poder contactar con  franceses prematuramente, dado que la posibilidad de una futura nueva guerra  europea se vislumbra claramente en todas las cancillerías. Es aquí donde los  intereses de Franco y sus aliados fascistas difieren, puesto que estos últimos  deseaban un rápido final de la guerra para tener las manos libres para sus planes  futuros de expansión y el Caudillo optaba por tiempos más dilatados. El recuerdo  del sorprendente comienzo de la Gran Guerra flotaba en las diplomacias, cuando  el asesinato en Sarajevo del heredero del Imperio Austro-Húngaro provocó un  efecto dominó imparable. Tampoco hay que olvidar lo que posteriormente ocurrió  en 1939, cuando tras el ataque a Polonia, Alemania no esperaba la declaración  de guerra por parte de franceses e ingleses. A estas alturas, cualquier incidente  podía desencadenar el conflicto. 

El premier Chamberlain y Hitler, en Munich. Foto Cordon Press

Aunque la conservadora Gran Bretaña no quería apoyar a la República, y  amenazó a Francia si lo hacía, si ésta tuviese un conflicto fronterizo con España,  no es probable que ante la amenaza de las potencias fascistas la dejara sola, y  ello podría conllevar diversos hechos estratégicos en cadena, por la incontestable armada británica y el entonces considerado muy potente ejército  francés : ante la posible ocupación de Gibraltar, los ingleses y franceses podrían  responder ocupando el Protectorado español en Marruecos, y, las Canarias,  indefendibles para la Armada española, se darían por perdidas dedo que el Mediterráneo no podía quedar cerrado para los intereses británicos. El aliado  estratégico tradicional del Reino Unido, Portugal, a pesar de tener un régimen  afín a Franco y colaborar con voluntarios a su causa, los Viriatos, siempre ha  temido una posible anexión por España, y la más que posible llegada de tropas  inglesas a territorio luso, desbarataría completamente la planificación franquista  de la guerra, en la que la ayuda italoalemana se vería comprometida, tanto por  necesitar los medios en otros frentes como por una interrupción de  comunicaciones marítimas por parte de franceses y británicos.  

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Aunque no todos estos posibles tuviesen lugar, sí podían darse algunos de ellos,  puesto que son elementos vitales de la estrategia de las potencias europeas, sobre todo de Gran Bretaña, podrían comprometer el resultado de la guerra, que  Franco veía ya ganada. Sin embargo, la duración de la guerra de España,  mientras no afectase intereses terceros, se convertía en una garantía de paz en  Europa. El ataque franquista a Valencia se inició, y avanzó con grandes  dificultades. Fue en este momento cuando la República planificó el ataque por el  Ebro, con el objetivo inmediato de detener la ofensiva franquista sobre Valencia,  y recuperar la conexión territorial, pero con una idea política de la mayor  importancia, con dos objetivos diplomáticos: mostrar a las cancillerías que la  República todavía contaba con capacidad de iniciativa y un intento desesperado  por alargar la guerra, con la idea de enlazar con el conflicto europeo que se  preveía inevitable, aunque como vemos, británicos y franceses no tenían  ninguna pretensión bélica, y alemanes e italianos no la iniciarían sin finalizar  antes la española. Así Negrín, presidente del gobierno, fiel a su consigna de que  “resistir es vencer”, instó a Rojo, jefe del Estado Mayor a realizar los planes de  la ofensiva sobre el Ebro. Los dos bandos enfrentados, por motivos antagónicos,  pretendían los mismo, alargar la guerra.  

Cruzando el Ebro. Fuente: La Vanguardia

A las 0,15 horas del 25 de julio, fiesta de Santiago Apostol, se produjo el paso  del Ebro por parte del Ejército Republicano. No se puede decir que fuera una  sorpresa total, dado que el general Yagüe, al mando de las tropas que defendían  el Ebro, había solicitado refuerzos al tener constancia de gran movimiento en la  zona republicana, que le fueron denegados por considerar infundada la amenaza republicana. El paso del Ebro tuvo un principio exitoso, pero el inicial empuje se  vio finalmente detenido, al trasladarse tropas franquistas de otros sectores,  alcanzándose al menos el objetivo de aliviar la presión sobre Valencia. Pasada  la sorpresa, detenido el ataque y sin capacidad de reiniciarlo, desde agosto, el  ejército republicano estaba atrapado entre el enemigo y el río, y este fue el  momento en que Franco decidió una batalla de desgaste. A pesar de opiniones  de mandos subordinados acordes con la lógica militar de mantener encerrado a  los republicanos y atacar por el frente del Segre hasta Barcelona, Franco decide  la batalla de desgaste, que duraría hasta noviembre. Con ello, Negrín conseguía  alargar la guerra, y Franco destruir el mayor número de unidades enemigas,  máxime cuando los mandos de las mismas eran todos comunistas.  

Pero la situación internacional se movió en contra de los intereses republicanos.  El 30 de septiembre de 1938 se firmó el Pacto de Munich, entre Italia, Alemania,  Francia y Gran Bretaña, permitiendo a Hitler ocupar los Sudetes, con población  de habla alemana en Checoslovaquia, sin contar con la presencia de ésta en la conferencia. Era un intento desesperado por parte de Francia y Gran Bretaña de  no provocar una guerra en ese momento, con lo que las esperanzas de la  República de enlazar la guerra española con la europea quedaron anuladas. La  retirada por parte de Azaña de las brigadas internacionales, con intención de que  italianos y alemanes hiciesen lo mismo no surtió efecto, y la batalla del Ebro entró  en una fase sin sentido. Finalmente, a mediados de noviembre, las últimas tropas  republicanas en retirada, volvieron a cruzar el Ebro no recuperándose ya de la  dura batalla. Poco más de un mes después, el 23 de diciembre, comenzó la  ofensiva nacionalista sobre Cataluña, que en un avance lento pero sin pausa,  llegó el 26 de enero a Barcelona. El día antes, 25 de enero, Francia, con el fin  de parar la oleada de refugiados, pidió a Franco una zona “tapón”, al norte de  Cataluña, como lugar seguro para los fugitivos, petición que fue desestimada. Franco ahora estaba ya seguro de que no era posible una intervención francesa,  tras los acuerdos de Munich. 

Este mismo día, víspera de la entrada nacionalista a Barcelona, La Vanguardia,  manifestaba en portada, “El Llobregat puede ser el Manzanares de Barcelona”.  Pero eso ya no era posible, puesto que el Manzanares de Barcelona estaba más  al sur, el Ebro.  

Etiquetas: Batalla del Ebro, Franco, Churchill, Chamberlain, Hitler, Guerra Cicil, Barcelona, Munich, Negrín

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