Alarma por el patrimonio cultural ucraniano: al rescate del Khanenko

Se cumplen dos semanas desde que asistimos estupefactos a la  sinrazón de la guerra. Nos cuesta encontrar razones que justifiquen  la violencia que nos muestra la televisión y las redes sociales. Ucrania  se ha convertido en un territorio cercano, empatizamos con sus  gentes como si fueran paisanos y, bruscamente, nos hemos  familiarizado con nombres como Mariupol, Donbás o Zaporiyia.- 

Tiempo de lectura: 10 minutos

En una guerra todos pierden, todo pierde, nada crece excepto la  riqueza de aquellos que manejan los hilos. No encontramos las razones de  esta guerra, las esgrimidas son excesivamente débiles y fugaces para  fundamentarse en cuestiones patrióticas. No se trata de una operación militar  como así la definen desde Moscú, podría haberse realizado una operación  militar puntual, en un territorio concreto, limitado, en conflicto, como era el  Donbás. Sin embargo extendieron el enfrentamiento, fuera de toda lógica, al  conjunto de Ucrania buscando quizás un efecto disuasivo en otros estados  con intereses similares a los ucranianos; la occidentalización y  democratización. 

Evacuación de una embarazada de la maternidad de Mariupol. Foto de Evgeniy Maloletka. Via El País

En 1932 contestaba Freud a una misiva de Einstein argumentándole  sobre el exterminio en los procesos bélicos, tenía dos ventajas, por un lado  el adversario no podrá reiniciar la lucha, por otro la suerte que ha corrido  tendrá en los demás un efecto disuasivo. Asusta pensar que esta intención disuasoria putiniana tenga una finalidad exterminadora, y visto como ha  empezado todo no deberíamos descartarla. Para los que estamos educados  en las leyes morales de la milicia occidental, resulta inverosímil el  hostigamiento continuado de corredores humanitarios en pleno uso, el fuego  pesado sobre zonas residenciales, el ataque directo a centrales nucleares o  bombardear centros sanitarios como la maternidad de Mariupol.  

Una de las víctimas que suele pasar desapercibida en las guerras hasta  que estas finalizan es el patrimonio cultural, y pudiera ser un objetivo militar  prioritario si el propósito es causar el terror en la población, la  desmoralización de esta, la rendición a través de la desesperanza de quienes  ven destruida sus casas, sus ciudades, sus bases de organización social y, en  el caso del patrimonio cultural, sus raíces y su memoria colectiva. Esta  semana saltaba la noticia del ataque premeditado al Museo Ivankiv, puede  que no hayas oído hablar de él, es lógico, se trataba de un museo local de  una pequeña ciudad de apenas diez mil habitantes. Sin embargo su  destrucción es significativa, albergaba una rica colección de arte popular  ucraniano de finales del siglo XX, hasta 25 pinturas de un colorido estilo naif, obras de María Prymachenko, una de las artistas ucranianas de mayor  reconocimiento internacional. 

Eared Beast Grasped a Crustacean» de Maria Prymachenko (1983). Via Wikimedia Commons. 

La toma de Kiev parece inminente, siendo realistas la resistencia  ucraniana no podrá frenar la acometida rusa una vez que esta haya  asegurado un corredor desde la frontera de Bielorrusia. La OTAN no parece  dispuesta a cerrar el espacio aéreo ucraniano y, con estos condicionantes y  los antecedentes de Ivankiv o Mariupol, lo peor de la guerra está por llegar y  su escenario será Kiev. 

En el centro de la capital ucraniana se levanta un bello palacete de  estilo historicista y cierto eclecticismo, en su interior se exponían hasta hace  dos semanas la mejor colección de arte europeo de toda Ucrania. Se trata del  Museo Khanenko, fruto del anhelo coleccionista decimonónico de un  adinerado matrimonio que, a su muerte, legó a la ciudad de Kiev la totalidad  de la colección, pasando a ser pública. La oferta del Khanenko se compone  de obras de los grandes maestros europeos, Van Eyck, Pieter Brueghel El  Viejo, Giovanni Bellini, Pietro Perugino, Frans Hals, Pedro Pablo Rubens,  François Boucher, Joshua Reynolds o Jacques-Louis David. Además poseen  un exquisito y sutil díptico, anónimo, de escuela flamenca del siglo XV, representando La Adoración de los Magos, y una amplia colección de artes  decorativas orientales. Todo está en peligro, incluidas dos pequeñas joyas de  la escuela española del Siglo de Oro; un Retrato de la infanta Margarita de  Juan Bautista Martínez del Mazo (h. 1665) y un Bodegón con molino de  chocolate de Juan de Zurbarán (h. 1639).

Retrato de la infanta Margarita” de Juan Bautista Martínez del Mazo (h. 1665). Via Wikimedia Commons 

La primera de ellas es un retrato a tres cuartos de la infanta Margarita  donde Del Mazo sigue los cánones velazqueños de su suegro y maestro, es  una versión reducida del retrato de cuerpo entero que cuelga en la sala 012  del Prado también datada hacia 1665. La segunda de las obras es una  naturaleza muerta de Juan de Zurbarán, formado junto a su padre Francisco,  murió antes de cumplir los treinta años de edad, durante la epidemia de peste  en la Sevilla de 1649. Pese a su limitada producción artística, está  considerado como uno de los máximos exponentes del género del bodegón  en el Siglo de Oro español, fruto de ello es el reciente interés por parte de las  principales colecciones internacionales y las adquisiciones realizadas por la  Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (2002), Museo del  Prado (2016) o la National Gallery de Londres (2017). 

“Bodegón con molino de chocolate” de Juan de Zurbarán (1639). Via Wikimedia Commons

Las obras del Khanenko pueden ser destruidas en cuestión de horas,  quizás tan sólo sean saqueadas, si es la practica seguida por los soldados  rusos en los supermercados, podemos imaginar a los oficiales de alta  graduación echándose a suertes grandes obras del Renacimiento italiano o  del Siglo de Oro español. Con suerte quizás no las dañen y tan sólo sean  expoliadas con dirección al Hermitage, quizás podamos verlas en San  Petersburgo cuando Rusia decida parar esta guerra y los vuelos comerciales  se restablezcan. 

No deberíamos dejar a la suerte ninguna de estas posibilidades,  imaginemos, cuan ingenuos niños pequeños, que dos de las grandes figuras de la cultura de nuestro país nos están leyendo. Miguel Falomir, director del  Museo del Prado, principal institución cultural española, definirlo como amante del arte es quedarse muy corto, una eminencia internacional en  pintura italiana del renacimiento, con las relaciones museísticas necesarias  para conocer, de primera mano, el estado actual del Khanenko. Y Javier  Solana, Presidente del Real Patronato del Museo del Prado, ex Secretario  General de la OTAN, no encontraremos mejor asociación para unificar  contactos y organizar una operación de rescate, al estilo George Clooney en  The Monuments Men (2014), sin la frivolidad del cine y con el peso de la  responsabilidad de quienes se saben capaces de llevarlo a cabo. 

Javier Solana y Miguel Falomir en 2019. Fot

Javier Solana y Miguel Falomir en 2019. Foto fpa. Vía El Comecio 

Me imagino, espero que no de forma ingenua, ese camión especializado  en el transporte de obras de arte llegando desde Madrid a la frontera polaca, donde el Khanenko espera para prestar sus obras a esa temporal, forzada  por las circunstancias, y quizás algo más larga de lo normal, llamada  Solidaridart.-

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